Una vez al año, en un día y hora al azar, una persona es elegida para subir a las puertas del cielo. No muere, sólo lo llaman para poder hablar durante unos minutos con la responsable de firmar los fallecimientos de hombres y animales sobre la Tierra.

Dije que era al azar pero eso es lo que hacen creer desde allí arriba. Le toca a quien realmente siente y tiene algo que preguntar. Quien puede aportar algo al destino de tantas almas que vagan al fin libres en un lugar donde ya no tienen que sufrir nunca más.

El día tan esperado por tantos llegó ayer. Las puertas doradas del cielo se abrieron y apareció dicha responsable. Era una mujer mayor, de unos 70 años pero de piel clara y joven, con unas facciones finas y atractivas. Su pelo era blanco y liso, vestía un traje claro inmaculado y sostenía una carpeta transparente y un bolígrafo negro. Miró a su alrededor y allí vio a la niña de unos 10 años. Era de piel morena, pelo por los hombros oscuro y flequillo. Vestía con un pijama negro en el que se distinguían lunas blancas colocadas de forma aleatoria e iba descalza. Estaba sentada en un banco creado con nubes esponjosas y blanditas. Parecía triste pero el hecho de estar allí, en aquel lugar, le hacía distraerse un poco. La responsable del cielo se acercó a ella y le regaló una sonrisa amable.

—Así que eres tú la afortunada… Un placer recibirte y contestar tus preguntas —le extendió su mano con intención de estrechársela.

Pero la niña permaneció sentada mirando al infinito, como si la mujer no estuviese allí.

—¿Por qué habéis tenido que llevároslo? —le preguntó la niña.

La mujer le siguió sonriendo, sin perder la calma en ningún momento. Como si ya supiese que ella iba a reaccionar así.

—¿Quieres saber cómo está tu perrito? Está radiante, feliz, no te tienes que preocupar por eso.

—¿De qué me sirve saberlo si no voy a poder estar con él nunca más?

—Nunca más no existe. Bueno, sí, sólo en los corazones de aquellos que no saben lo que es querer. Si lo deseas de verdad y durante toda tu vida seguro que cuando cruces esas puertas —dijo señalando la entrada al cielo por la que cruzó ella— te podrás reunir con él sin ningún problema.

—¿Es así de fácil? —la niña la miró por primera vez en toda la conversación.

—No es fácil amar a alguien toda la vida, no olvidarse de él o ella. Pero entiendo que los animalitos se llevan un pedacito de nuestro corazón para siempre cuando se van porque nunca nos defraudan ni nos hacen daño. Si los amas de verdad eso se nota y cuando pases esas puertas, después de perderte por los laberintos casi sin fin que hay, llegarás a él, porque tu corazón te guiará y a él también.

—No sólo está mi perrito… —de uno de los ojos de la niña aparece una lágrima que le recorre la cara hasta llegar a la boca.

—Lo sé… —la mujer se sentó junto a ella y le comenzó a acariciar el pelo— Y ellos te esperan allí, no tienes nada que temer. El miedo que tienes es por tu mundo, por cómo se van, por la crueldad que existe en todo y la forma que tienen de quitarlos de vuestro lado. ¿Pero sabes una cosa? Se van con una sonrisa y se despiden aunque no los escuches o no entiendas su lenguaje.

—¿En serio? —la niña se animó y la miró fijamente a los ojos.

—Por supuesto —le dijo mientras seguía acariciándole el pelo— Pero seguro que tienes algo más interesante que preguntarme ¿A que sí?

La niña se frotó los ojos y se puso de pie mirando las puertas del cielo.

—¿Por qué se tienen que ir tan pronto? ¿Por qué nosotros podemos vivir hasta 100 años y ellos tan poco? Mi papá me dijo una vez que las personas hace mucho tiempo vivían hasta los 30 y que poco a poco fueron durando más o como se diga…

—Por los avances médicos que ha habido durante toda la historia y la calidad de vida, eso entre otras tantas cosas.

—¿Y no hay veterinarios y medicinas para ellos también? En mi casa siempre les dimos, no la mejor comida, pero sí una muy buena. Pero eso no importa, nos dejan demasiado pronto. ¿Por qué quieren que suframos así? ¡No es justo!

—Nadie quiere que sufráis, sois especies diferentes con un destino distinto. Lo bueno es que son caminos que tarde o temprano se cruzarán, no en la Tierra pero sí en el cielo.

La niña se volvió a girar hacia ella para mirarla, enfurruñada.

—¿No podéis hacer que vivan más, al menos hasta la mitad de nuestra vida o si puede ser, hasta casi toda la nuestra?

—Lo apuntaré para que lo lean mis jefes, a ver qué podemos hacer… —le contestó la mujer de manera divertida escribiendo en su carpeta transparente.

—¿Y no podríais devolvérmelo aunque sea un año más?

La mujer dejó de escribir y le volvió a sonreír. Es como si hubiera sabido todo lo que la niña le iba a decir. Se puso de pie y caminó unos pasos hasta colocarse frente a ella.

—Allí abajo, donde tú vives, en un lugar que tú no te imaginas, hay muchísimas almas que quieren conocerte que han nacido o están por nacer, almas de animalitos como el que tuviste, no iguales pero sí especiales y únicos. No estamos hechos para querer a sólo uno, si no a varios y llevarnos su recuerdo por siempre. Al igual que comes para alimentarte, tienes que querer para alimentar tu alma y que sea eterna. Cuanto más queremos y amamos, más nos acercamos a lo infinito. Debes superar muchas pruebas en tu vida y una es la de creer, cree con todas tus fuerzas en algo más de lo que ven tus ojos. Cree en lo que sientes en tu corazón y en lo que te imaginas, por muy loco que sea, porque sólo eso se hará realidad.

La mujer miró por última vez hacia las puertas del cielo y después volvió a mirar a la niña.

—Tengo que marcharme ya… Eres una niña muy afortunada ¿Lo sabías?

—¿Por estar aquí?

—Por lo que tienes y te espera en tu vida. Nos volveremos a ver, hasta entonces… Sigue queriendo así tanto a los animales como a los seres humanos, porque el mundo sólo es para los que aman de verdad y hasta el final.

Tras decir esa frase la mujer se marchó. La niña se la quedó mirando como hipnotizada. Cuando cruzó las puertas del cielo, éstas se cerraron y la niña sintió un impulso de ir corriendo e intentar abrirlas pero recordó lo que le dijo aquella mujer. Aquellas almas que quieren conocerla ¿Quiénes serían? ¿Dónde estarían en aquellos momentos? No serían como sus perritos pero es que ellos estaban allí dentro esperándola, nadie sería como ellos pero eso no importaba porque había otros que esperaban que los quisieran hasta el fin de sus días.

De repente sintió mucho sueño y, cansada, caminó hasta el banco de nubes para tumbarse y al cabo de unos segundos cayó en un sueño profundo.

Despertó al cabo de unas horas en su cama. Pegó un salto y buscó a su alrededor el banco de nubes, las puertas del cielo, aquella mujer… ¿Había sido todo un sueño? Se quedó pensando por unos instantes, decepcionada, pero recordó aquello de “Cree en lo que sientes en tu corazón y en lo que te imaginas, por muy loco que sea, porque sólo eso se hará realidad” y se le cambió la cara. Porque qué más daba que no hubiese ocurrido si ella sentía que sí…

Al mirar por la ventana, hacia el cielo azul de la mañana, vislumbró un destello intermitente entre un par de nubes que se fusionaban y se convertían en una sola. Y de nuevo volvió a dudar pero sabía en el fondo de su corazón que eran señales que le decían que lo mejor está por llegar.

D.E.P. G y B.

Escrito y foto por Alison Rebel. Todos los derechos reservados. Copyright 2018.

6 comentarios de “¿Por qué se tienen que ir tan pronto? – Relato reflexivo

  1. olga dice:

    Afortunada me siento de conocer a alguien que sabe plasmar toda su riqueza espiritual en palabras. Te felicito por todas estas hermosas y esperanzadoras reflexiones. Me ha encantado.

    • Alison Rebel dice:

      Muchas gracias por tu comentario como siempre, un placer escribir para público así que sabe apreciar estas breves líneas 🙂

  2. Angelahot dice:

    Hermoso relato, cargado de sentimientos y sencibilidad. No se puede expresar mejor que de esta manera. Te quiero hijo.

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