Aún recuerdo cuando se me caían los dientes de leche y pensaba que vendría el ratoncito Pérez a recogerlos. Que me dejaría unas monedas ya que él los necesitaba para algún oscuro propósito. Pero eso era lo de menos. Yo le escribía cartas pidiéndole multitud de caprichos que se me ocurrían en ese momento. Porque creía en él, creía que en el mundo había seres o elementos mágicos más allá de la realidad. Al igual que creía en Santa Claus o los Reyes Magos. Mis cartas eran interminables ya que pensaba que su bolsa de regalos era simbólica y ellos podían hacer aparecer como por arte de magia lo que pedías. No sabía que lo lógico era pedir lo que tus padres se podían permitir y, a poder ser, una sola cosa. Pero eso no era mágico. Mágico era pensar que esos seres no tenían que comprar nada ya que…

a) Tenían una fábrica de juguetes.

b) Su magia podía hacer aparecer lo que les pidiesen.

Creo que lo correcto y lógico es no inculcarle a tus hijos que crean en aquello que no existe. Ojo. Hay que fomentar la imaginación pero para que creen ellos algo desde cero, su universo personal, ya sean luego artistas o no. Leer, ver películas, observar el arte del tipo que sea. Imaginar otros mundos desde tu cama o sofá favorito. Otros mundos o éste pero desde nuestra mente, no diciéndole a alguien que eso existe. Porque puede que en esa mente de niño o niña, haya muchísimas ilusiones y muchísimas expectativas en cuanto a este mundo. Y la magia puede que exista pero en otras formas y no para darte regalos materiales.

Está mal engañar con seres que supuestamente existen en este mundo. Seres capaces de regalarte lo que tú quieras una vez al año. Porque ya tendrás tiempo de desengaños amorosos, laborales, amistosos o familiares. Ya tendrás tiempo de toparte cara a cara con la realidad cruda y cruel donde los únicos monstruos que existen son humanos y los que tú creías que existían sólo son representaciones del dinero y lo material.

¿Entonces por qué lo hacemos? Porque lo hacen otros y porque a veces recordamos lo que sentíamos cuando éramos niños. Sólo nos acordamos de lo bueno girando la cara a lo negativo de todo aquello. La mente es asquerosamente selectiva. Olvidamos las preguntas que les hicimos a nuestros padres, entre sollozos, intentando encontrar una respuesta clara.

“¿Por qué me habéis engañado?” Seguro que es la pregunta que muchos han hecho tras sacar de la boca a sus padres la temida respuesta: Sí, hijo, somos los padres. ¿Por qué me habéis engañado? Curiosa pregunta que la diremos a lo largo de la vida en varias ocasiones. Pero pocos encontrarán respuestas. Porque se engaña sin querer, sin saberlo, porque lo hacen otros y porque es tradición. Se engaña inconscientemente pero se engaña. Porque en el fondo sabemos que está mal pero nos dejamos llevar por los sentimientos que nos traicionan y una vez que está hecho sólo hay que esperar a que la víctima lo descubra y nos pregunte:

¿Por qué me has engañado?

Escrito y foto por Alison Rebel. Todos los derechos reservados. Copyright 2018.

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