Érase una vez un patito feo que se convirtió en cisne. Hasta ahí la historia es bastante típica y común pero hoy os voy a contar la historia de otro cisne, uno blanco y esbelto que un día nadando con el resto de sus compañeros conoció al amor de su vida: un cisne negro hembra que le encandiló, qué estilo tenía, qué ojos, qué mirada y qué elegancia. Fue algo mutuo, recíproco, porque él, por entonces, también era radiante. Su belleza no sólo era física si no también mental. Parecía que nada ni nadie les separaría.

Pasaron los años y el cisne blanco se comenzó a dejar y a retozar en el barro perdiendo su blanco impoluto.  Estropeó su esbelta figura ya que creía que no le hacía falta encandilar a ningún cisne más, poseía la comodidad de tener siempre al cisne negro aún radiante en casa, en su lago. Craso error. Ella tarde o temprano se daría cuenta del engaño ya que ser un cisne de ensueño en su momento no le garantizaba serlo toda la vida si no lo mantenía y ella lo sabía por eso seguía como antes, cuidando sus plumas, su brillante negro azabache y su elegancia al moverse.

Un día ella fue a buscar al cisne blanco que estaba en la orilla del lago, encima del barro. Éste había perdido su figura, sus plumas tenían un aspecto descuidado y escupía constantemente.

—¿Qué te pasa ahora? —le dijo el cisne blanco con unos modales que ella no recordaba o no quería recordar.

—Cariño ¿Te acuerdas cuando nos conocimos?

—Sí pero ¿A qué viene eso ahora?

—¿Qué es lo que más te llamó la atención de mí?

—Lo guapa que eras.

—¿Y aún me ves así?

—Por supuesto.

—¿Y tú cómo crees que te veo yo?

—Pues… —él eructó— Pues como soy cariño, me quieres como soy y punto.

—¿Tú te enamorarías de alguien como tú mismo hoy en día?

El cisne blanco se quedó pensando unos segundos y finalmente le contestó.

—Eso te pasa por ser tan repipi, venga ven a tumbarte aquí conmigo y déjate de chorradas.

—Espera, tengo otra pregunta para ti: ¿Si estuvieras soltero volverías a ser el cisne que fuiste una vez, ese del que me enamoré perdidamente?

—¿A qué viene eso ahora? ¿Te has vuelto loca o qué?

—Hace unos días un cisne nuevo llegó a nuestro lago. Me recordó a ti cuando comenzamos a estar juntos. Pero por supuesto tú eras más atractivo. Eras. Y sí, me enamoré de todo tu ser pero sería hipócrita si negase la evidencia, si negase que también necesitamos amar y desear por los ojos. Y yo, aunque pasen los años sigo siendo aquella de la que tú te enamoraste o mejor. Porque sigo cultivando mi cuerpo y mi mente.

—Ei, que tampoco estoy tan mal… Y por cierto ¿Tú qué haces mirando a otros?

—Aunque venga el cisne más bello del mundo nunca lo será del todo si sólo ofrece su belleza a amores temporales de días o semanas. La verdadera belleza interior y exterior hay que demostrarla siempre y más si es el amor de tu vida porque ¿De qué sirve ser cisnes si en el fondo somos babosas que se deslizan en aguas pantanosas?

El cisne blanco nunca entendió las palabras de su amada (o no quiso comprenderlas). El tiempo pasó y finalmente ella se marchó de aquel lago para seguir con su vida. No era sólo que él había descuidado su aspecto físico, también lo había hecho de espíritu, ya que el exterior es reflejo del interior. El exterior era como un semáforo o una alarma que avisaba de lo que había dentro. La comodidad y la cotidianidad excusaban lo inexcusable. Y él, al cabo de unas semanas como por arte de magia, volvió a ser el que era: un cisne esbelto, reluciente, amigable y de buenos modales. Todo en apariencia.

Al cabo de unos meses el cisne negro volvió al lago acompañada de su nueva pareja. Ella le sonrió y fue a hablar un momento con él.

—Al final tenía razón, mírate ¡Has vuelto a ser el de antes! —le dijo el cisne negro con una sonrisa.

—¿Has visto como no era como tú decías? ¿Volverías de nuevo conmigo ahora que soy otra vez apuesto y elegante?

—No te equivoques, yo sé como eres en verdad y no quiero eso para mí lo que te voy a dar un consejo: Mejor que te muestres como eres en realidad que engañar a futuras amantes y novias que tengas. Si eres babosa, sé babosa, seguro que hay otras por ahí como tú y hacéis buena pareja. Pero para ser cisne no sólo hay que serlo de forma temporal y cuando te conviene. Se es cisne al despertar, al nadar, al estar en casa, al dormir y en todo. Recuerda de donde vienes, de ser patito feo. Y porque una vez te convertiste en lo que eres no significa que no tengas que mantenerlo. Al menos ahora sé, gracias a ti, lo que quiero y lo que no en mi vida y soy muy clara en mis peticiones. Espero que tú también lo seas con tus futuras parejas y no les engañes una y otra vez porque en realidad te estarás engañando a ti mismo. Espero que te vaya muy bien siempre y cuando conserves el equilibrio interior y exterior…

Y el cisne negro se marchó nadando elegantemente con su actual pareja. El cisne blanco se quedó reflexionando por unos segundos pero como era egoísta prefirió seguir engañando que mostrar su verdadera apariencia y naturaleza “babosil”.

Escrito y foto por Alison Rebel. Todos los derechos reservados. Copyright 2018.

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